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Parece que en los últimos tiempos la reactividad se está extendiendo entre nuestros perros como una epidemia.

Existe una tendencia a calificar como reactividad cualquier comportamiento agresivo.

Pero, ¿todos los perros que agreden son reactivos? ¿o acaso se trata de utilizar una palabra (reactividad) que nos parece menos grave que otra (agresividad)?

Para dar respuesta a lo anterior, definamos lo que es un perro reactivo.

 

Que es un perro reactivo

Un perro reactivo es aquel que responde de una manera desordenada, exagerada en intensidad y duración ante un estímulo determinado, despierte este estímulo una emoción de valencia positiva (cómo la alegría) o de valencia negativa (por ejemplo, el miedo).

De lo anterior sacamos algunas conclusiones importantes para delimitar lo que es la reactividad:

  • La reactividad puede ir unida a emociones de distintas valencias, no únicamente a aquellas negativas como el miedo.

 

  • La reactividad provoca que la capacidad cognitiva se desplome. Y junto a ella, también lo hace la capacidad del perro de actuar con una motivación ordenada.  Lo contrario a actuar no es quedarse quieto, sino reaccionar, es decir,  activarse repentinamente sin ningún tipo de análisis o evaluación. La reactividad es un mecanismo útil en situaciones de peligro inminente al permitir ahorrar un tiempo precioso, pero desadaptativo y problemático en muchos otros contextos que no entrañan ese riesgo inmediato y real.

 

  • La reactividad puede encontrarse o no en la base de una respuesta agresiva. Existen muchas respuestas de agresión en las que no existe componente reactivo alguno. Y viceversa: respuestas reactivas sin carga agresiva, al estar sustentadas en emociones positivas.

 

¿Es mi perro reactivo?

Sin duda, las manifestaciones que más nos abruman de la reactividad son aquellas que cursan con agresividad, unas expresiones conductuales que a veces, futo de la lógica preocupación, nos impiden observar un poco más allá.

Se ha aceptado como un credo que un perro es reactivo cuando muestra incapacidad de autogestionare ante situaciones que le generan miedo o desconfianza, como pueden ser el acercamiento de un desconocido o el cruzarse con otro perro. Y ante ello, ladra, gruñe, se abalanza o intenta agredir.

Lo que no debemos pasar por alto es que ese mismo perro, además, puede que ofrezca otras respuestas exageradas y exentas de control de impulsos en contextos menos comprometidos, como por ejemplo al encontrase con una persona conocida y amigable.

En este último ejemplo, la emoción que surge es de alegría (valencia positiva) y el perro, preso de ella, puede responder siendo incapaz de atender órdenes sencillas, mostrando una conducta desbordante en intensidad y desordenada en la forma y, a veces, manteniéndola en el tiempo mucho más allá de lo necesario (cuando la persona ya le ha saludado), ya que es incapaz de desactivar o diluir su emoción.

Hablando de manera coloquial, un perro reactivo se sube muy rápido, lo hace muy arriba y además descontrolado. Habitualmente también le cuesta mucho descender.

La principal semejanza entre ambas situaciones, la de ladrar y abalanzarse frente a otro perro o la de saludar de manera descontrolada, se encuentra en el fondo:  la mala gestión que realiza el perro del proceso “activación – intensidad – desactivación” de la emoción. El perro reactivo se expresa más allá de lo necesario en al menos las dos primeras partes de este proceso.

Y la principal diferencia se encuentra en la forma: la primera situación nos preocupa al manifestarse con agresividad y la segunda no tanto, al expresarse con muestras, aunque sean desmesuradas, de afecto.

El problema se resuelve… fuera del problema

Saber que los mecanismos que potencian la reactividad se encuentran presentes tanto en el marco de emociones positivas como negativas, es una de las claves para solucionar este problema.

Por lo tanto, a la hora de desarrollar un trabajo que reduzca la reactividad, no es necesario centrar el programa en enfrentar al perro continuamente, aunque sea de forma atenuada, a esos estímulos que le generan emociones de valencia negativa.

Al contrario, podemos comenzar a trabajar en situaciones que generan emociones de valencia positiva y en un nivel emocional medio, en las que el perro expresará sus conductas pero de una forma motivada. De esta manera reducimos el riesgo de dejar huellas emocionales y empeorar el problema.

Progresivamente, afrontaremos estas situaciones “positivas” pero con intensidades emocionales crecientes, de forma que el perro adquiera los recursos de base para enfrentarse con garantía a estímulos que le generan emociones negativas, como el miedo.

Y esto ocurre porque si el perro es capaz de modularse, autocontrolarse y poner en marcha procesos cognitivos ante emociones positivas de creciente intensidad, posteriormente le será más fácil hacerlo ante emociones negativas.

Una de nuestros principales retos como profesionales del comportamiento canino es convencer y ofrecer argumentos a las personas que confían en nosotros de que gran parte de la solución a un problema se encuentra fuera del problema, o al menos de sus manifestaciones más evidentes.

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Conductas agresivas

Jon Arraibi

Jon Arraibi

Director Técnico del Centro de Educación Canina y Formación Dog Training que se encuentra en Castro Urdiales (Cantabria). Docente / Instructor acreditado para formación del Gobierno Vasco en la formación de nuevos adiestradores y educadores caninos. Responsable del podcast centrado en el mundo del perro "La llamada de Buck". Periodista especializado en el medio natural. Psicopedagógo y Profesor .